La principal aportación de la inteligencia artificial a la producción de microalgas no será sustituir al operador, sino ayudarle a tomar decisiones antes y con más información. La combinación de sensores, automatización y modelos predictivos puede convertir un cultivo biológicamente viable en un proceso más estable, planificable y eficiente.
Su aplicación más valiosa podría estar en la detección temprana de problemas. Los algoritmos pueden identificar caídas anormales del crecimiento, cambios inesperados en la relación entre turbidez y oxígeno o consumos de nutrientes distintos de los habituales antes de que la desviación sea visible.
Aunque la alerta no siempre explica si la causa es una contaminación, una deficiencia nutricional o un fallo del equipo, permite adelantar análisis y actuar antes de perder el cultivo.
Esta capacidad tiene una repercusión económica directa. En una planta industrial, evitar la pérdida completa de un lote puede generar más valor que conseguir pequeños aumentos diarios de productividad.
La inteligencia artificial deberá evaluarse, por tanto, por su capacidad para reducir incidencias, estabilizar la producción y disminuir el coste por kilogramo de biomasa, y no por el número de sensores o algoritmos instalados.
La previsión de la cosecha constituye otra aplicación relevante. Los modelos pueden estimar cuándo se alcanzará la concentración adecuada de biomasa, cuánto producto se obtendrá y cuál es el mejor momento para iniciar la filtración, centrifugación, secado o extracción.
Esto facilita la coordinación entre las distintas fases de la planta y evita que varias unidades lleguen simultáneamente al punto óptimo sin capacidad suficiente para procesarlas.
El control energético también puede ofrecer ahorros importantes. La iluminación, el bombeo, la aireación, la refrigeración y el secado representan una parte significativa del coste de producción.
Los sistemas predictivos pueden adaptar el funcionamiento de los equipos a las necesidades reales del cultivo, buscando un equilibrio entre crecimiento, calidad de la biomasa y consumo de electricidad, en lugar de mantener permanentemente las instalaciones a máxima capacidad.
En un segundo nivel, los modelos pueden ayudar a orientar la composición del producto. La luz, la temperatura, el nitrógeno, la aireación y el suministro de CO₂ influyen sobre el contenido de proteínas, lípidos, pigmentos y ácidos grasos.
Ajustar estas variables podría permitir obtener ingredientes más homogéneos o favorecer la producción de DHA, proteína o pigmentos, especialmente en fotobiorreactores cerrados, donde existe un mayor control sobre las condiciones de cultivo.
Los gemelos digitales representan la propuesta más avanzada, pero también la menos madura. Estos modelos virtuales intentan simular cómo respondería el cultivo a cambios en la luz, los nutrientes, el CO₂ o la temperatura antes de aplicarlos en la planta real.
Su desarrollo sigue limitado por la complejidad biológica de las microalgas y por la fiabilidad de los sensores, que pueden ensuciarse, perder calibración o generar datos incorrectos.
Por ello, la experiencia del operador seguirá siendo imprescindible para interpretar las alertas y decidir cuándo intervenir.
Fuente: misPeces
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